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Crepuscular
Era el rito de la noche de aquel día: llegar
allí, cuando las sombras se vestían su manto
carmesí, en un gesto de amor crepuscular;
cuando el rubor enciende su amanecida al lado,
desemboca en un mar de encantamiento, donde
ir poniendo sus reflejos coloristas, campos
de cielo en la espera para su ascua inmortal.
Así, desde sus puertas, sin ser oscuro ni claro
ni noche lejana ni alboreo luminoso,
se abrieron en el temblor de un beso renovado,
bajando de sus tramontanas en un neblino
caminar, con el saludo virginal al paso.
¡Se despierta briosa la mañana, el día
trae entonces la sonrisa puesta en los abrazos
del sol y de su lumbre, de su aliento revivido!
Amanece de nuevo para mi ser diario
en la pendiente personal por donde le arrastre
a un confín de travesía, sin saber, acaso,
si estará en la fecha de reemprender la marcha.
Otras sombras llegarán después a su regazo:
oscuridad callada y complaciente, luz con sed
contenida y renacida en el rescoldo alado
que aguarda en su dosel para avivar la noche;
porque no mueren, están ahí, aún, en tanto
tienen ya la cita de mañana confirmada
y regresan desde sus estancias en lo alto,
encienden sus soplos los vuelos planean sobre
nuevas sombras, apremian su vez, pidiendo paso.
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