Melancolía en Otoño
Voceros del viento,
guardianes del Olympo:
-¡Pregonadlo!
Y vosotros, espíritus silentes,
cercanos amigos:
- Arropadme el alma que le siento fría
Vino el tiempo una noche,
quiso robar mis sueños, desnudar mi ropa,
cubrirme con un manto de nieve.
Ay, que hasta los huesos
se me hacían carámbanos
al solo contacto del gélido aliento.
No es invierno aún, pero este otoño
alarga su sombra, caduca y desvaída;
es rebelde y crudo, se esconde de su muerte
en el duende de los días;
la soledad le queda de la melancolía.
-¡Arropadme el alma!
y sea la manta de caliente vida, de amor
sea el tejido, como entonces
de suave caricia para mirarme
y sentirme dentro del universo mío;
porque hoy, tengo el corazón descompensado
y las noches se alargan
y el sueño se disloca
y el frío, ese frío...
¿Hasta cuándo, si le falta el calor
que a mí me falta?
-¡Arropadme ya!
La frigidez del tiempo es ladina,
pega su rostro al acecho
golpeando las ventanas,
agazapada en las rendijas para entrar:
-¡Cerradlas bien y tapen las corrientes!
Cuando vuelva la luz en el alba del mañana
y un abrazo redentor venga a mi encuentro,
tal vez no sea tarde
para arrullar la vida en primavera
Pero no me olvidéis, no me digáis
que otros sueños encienden ya la casa,
hoy no suena mi voz con el mismo sonido,
hoy estoy triste y aterido.
-¡Arropadme de nuevo
el alma!
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