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Ilustraciones Miguel Angel Soria

- I -
Ya se ha vestido la tarde
de luces de sol y arena,
de apasionada y bravía
corrida grande de feria.
El cartel brilla con clase,
la expectación de primera,
los toros darán su juego
con su casta de bandera.
Algarabía, música,
emoción por la tragedia
que de la vida y la muerte
tendrá por duende la fiesta.
Un respetable cortejo
va traspasando las puertas;
el redondel de la plaza
tiene embrujo de faena.
Los mantones con su nota
de colorido en la seda,
lucen en los balconcillos
con gala de sus bellezas,
y las voces prolongadas
de los vendedores suenan.
Una jaquita garbosa
abre la marcha torera
y en el centro del anillo
hace cabriolas coquetas.
Paseillo, sones, palmas,
saludos con la montera;
las madrinas desde arriba
se miran, ríen, comentan
y el cabo de cuchicheos
pone término a la espera.
Entre el rumor de la gente
rasga el aire una trompeta:
¡Toril en los burladeros,
miradas para una gesta!
Toro negro de azabache,
toro recio de pelea,
divisa de gran prestigio,
de bravura y de nobleza.
En el ruedo y en el centro,
-tapiz bordado de arena-
en el ruedo frente a frente,
torero y toro se encuentran:
-¡ e..je, toro, e..je, toro!
mientras la capa le reta.
Capotazos de tanteo,
pases de un trazo cualquiera,
que el toro tiene su rasgo
y va mostrando maneras
el envite de su gesto
adornando las capeas.
El torero se afianza
con valor y con destreza,
uno a uno dos poderes,
poniendo en juego su estrella.
Baila la capa a su ritmo
sin apurar a la urgencia,
sabiendo que hay mucha lidia
y el tiempo también espera.
ya está el astado a su altura
para enfrentar lo que venga.
Se pide cambio de tercio
con el ritual de la brega,
en demora de más lances
en esta tarde torera.
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- II -
Con sus avíos de lidia
ajustados y dispuestos,
el picador y el caballo
están entrando en el ruedo.
Alta la pica se exhibe
con arrogante denuedo,
desafiante la puya
para castigar el cuerpo
y rebajar el empuje
de este bravío primero.
Se acercan con gran cautela,
el picador en su empeño
y el toro con su talante
en el ardor de su genio;
le provoca el picador,
embiste el toro sin miedo,
siente el rejón en su carne,
que le quema como el fuego.
-¡Ay toro de torería,
qué corto queda tu intento
sin saber que te confunden
al cornear en el peto
con desiguales escudos!
La celada de este pleito
es el castigo preciso,
martirizando tu esfuerzo
como toro de contienda
que el público quiere muerto.
Babea tu lengua fuera,
sangras y sientes sufriendo,
las heridas te hacen mella,
se agita tu desaliento,
la pica vuelve a tus lomos
y tratas de huir de ello.
No da pausa tu descanso
citándote desde lejos,
quieres defender tu instinto
y bufas frotando el suelo;
calculas la acometida,
entras de nuevo al intento
de quien te reta en tu sitio;
allí, junto al burladero,
te irá poniendo otra puya
para afianzar su credo.
No importa que griten basta
protestando el rejoneo
por el abuso y la saña,
tú ya tienes lo dispuesto.
En este trance que llega
con otro toque de tercio,
fatigado aú, te creces,
bramas y miras al suelo;
así tu alerta de espera
se rompe con más tormento,
se burla de tu amargura.
Alguien rodea tu cerco
con una danza de pasos,
se arrima y te encela luego
con otro baile de palos
que refrendan el señuelo
hasta burlas tus defensas
con un aplaudido quiebro.
Seis puntas como seis garfios
te irán haciendo agujeros
de banderillas a pares
y un brío que rasga duelos.
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- III –
Sube el clamor en la plaza
mientras el toro se queja
y estiletes criminales
su furia en la carne quedan.
Color y calor de sangre;
sangre de sus rotas venas
en el vestido se limpia
y en su piel resbala o seca.
Vuelve la capa con ganas,
chicuelitas, revoleas,
exhibiciones de lances
que la música festeja
con los compases de olés
y palmas que se calientas…
¡Qué ya no se para el tiempo,
otro aviso lo condena
con tintes de desenlace!
Hay brindes a una belleza,
hay aplausos de cariño
y el vuelo de la montera.
-¡Toreo grande, toreo,
haciendo honor a la fiesta!
Toro y torero se miran,
se conocen y se enfrentan,
los dos defienden la vida,
el uno con cornamenta,
el otro tiene la capa
y la fama que le renta
el tributo de su nombre.
El tango de la tragedia
enciende pases con ganas
y en el arte envuelto de seda
le dan un quiebro a la muerte.
Valor y miedo se acechan
en un instante de angustia,
en un grito que se eleva;
los pitones cual puñales
rondan la carne de cerca;
coraje del forcejeo,
el guiño de la muleta..
el baile de cada pase,
el beso de la muleta..
el goce que se acrisola
rubricando las faenas;
los músicos se emocionan
y tocan con complacencia.
-Tú te acercas y el te mira,
tú te llegas y él se entrega,
deja la baba en la capa
cuando pelea por ella.
Se burla implacable el trapo
y tiene la lengua fuera;
sólo encuentra su mirada
un colorao que da vueltas.
Se desgrana un pasodoble
y las palmas le corean,
brillan los olés al aire
al ritmo de más faenas.
Le va citando de lejos,
le va teniendo a su vera,
el toro tiene coraje
y el torero se recrea;
los naturales de frente,
la muleta señorea,
manoletinas con temple,
el juego de la muñeca,
pases por alto y por bajo
dominando con firmeza.
El torero se entusiasma,
se arrodilla y se la juega
hasta volverse de espaldas
mientras el toro le deja,
como sabiendo que ahora
ha de mostrar su nobleza.
La música sube el tono
en lo que algunos vocean
y la plaza puesta en pie
con ganas le vitorea.
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- IV-
Caminos tiene la historia
al calor de la certeza
en el umbral del momento,
para llegar a la meta
que pone fin a una vida.
Romance de gloria y pena,
bandera de su destino
al cumplir con la sentencia.
Está el estoque al acecho
y es el momento que muera
por su divisa afamada,
haciendo honor a su enseña.
-¡E..je, toro, e..je, toro!
Le dice con la muleta,
le anima con bizarría.
-¡E..je, torito, entra,
queda en ella, sé obediente
para que bajes la testa!
El torero hace un impulso,
se perfila y se concentra,
el silencio se levanta..
y la suerte..¡ya está hecha!
-¡Adiós con tu gesta, adiós,
toro recio en tu defensa,
toro negro de azabache;
en lo que doblas las piernas
y con tu aliento empañada
tu sangre besa la arena!
Adiós, con tu albur taurino
desde el acoso que llevas,
no eres fiera, sí un valiente,
que el hombre sabe tus tretas,
que el hombre busca su gloria
y tú que tan sólo cuentas
con el ardor de tu vida,
sólo sabes que te entregas,
nada entiendes de esplendores,
sólo tienes por tutela
el instinto que se inflama
ante poderosas fuerzas.
Adiós, con todo el aprecio,
adiós por toda tu brega,
que bien mereces que vivas
con la manada que dejas!
Mira la música al cielo,
limpian la sangre en la arena
y los aplausos se abrazan
al toro que se los lleva;
el torero mira y vuelve
con un gesto de rareza,
sin saber bien lo que siente;
le devuelven la montera,
saludos y despedidas
con buen sabor que les queda.
Ya le llevan las mulillas
engalanadas y prestas;
un enjambre de pañuelos
cual flores se bamboleas,
pidiendo están los trofeos
y el presidente lo acepta
según las normas al uso,
con aquiescencia de orejas,
incluyendo rabo y pata
con el ritual de las vueltas.
¡Qué triunfo para el torero!
Olés, saludos, ofrendas,
sonrisas, besos al vuelo
y alborozadas escenas
con reparto de los premios
como el rabo y las orejas.
Bajan algunos al coso,
le sujetan por las piernas
se lo cargarán al hombro
y con pasión lo pasean,
que bendiciones no faltan
ni por salir por la puerta,
puerta grande de la Gloria
en donde está su tarjeta.
El toro tuvo la suya
en una lidia señera
para una efímera historia
en la baja de su Empresa.
¿Lástima, gloria, destino,
crimen, crueldad o pena,
arte, valor o alegría?
Cada cual con su creencia,
todo y nada en las palabras
a una realidad con fecha,
un romance de homenaje
en el salón de una fiesta
de la vida y de la muerte
en una tarde cualquiera.
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